El Perú tiene una masa creciente de ciudadanos que no se siente representada por nadie. No es indiferencia: es orfandad política. Personas que votan por descarte, que ya no creen en promesas y que perciben a la política como un circuito cerrado de élites. Ese electorado huérfano es el síntoma más claro de una crisis de legitimidad.
La orfandad nace cuando el Estado se siente lejano y la vida cotidiana se vuelve más difícil: inseguridad, informalidad, salud precaria, educación desigual y reglas que cambian sin explicación. En ese contexto, los discursos grandilocuentes no conectan porque no resuelven la angustia de lo diario. El ciudadano huérfano no pide perfección: pide coherencia y presencia.
Reconectar con ese electorado no se logra con publicidad ni con “tendencias”. Se logra con una lectura honesta del territorio, con escucha social real y con un liderazgo capaz de traducir demandas en decisiones. La política que viene requiere una metodología: firmeza ejecutiva para ordenar, y humanismo para comprender.
La gran oportunidad es esta: quien entienda la orfandad no como un problema de marketing, sino como un problema de gobernanza, puede reconstruir confianza. Pero solo si ofrece algo verificable: reglas, equipos competentes, ética y trazabilidad.
Claves para reconstruir representación
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Escucha social con método (no improvisación).
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Territorio + ejecución (presencia sostenida, no visitas simbólicas).
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Legitimidad medible (promesas con indicadores y rendición de cuentas).
