La educación define el tipo de país que podemos construir. En el Perú, el debate suele estallar por crisis puntuales, pero el problema es estructural: sin una política de Estado sostenida, la reforma educativa se vuelve un péndulo y el resultado es una brecha que se hereda generación tras generación.
El deterioro no se explica por un solo factor. Hay historia de decisiones incompletas, promesas sin presupuesto, captura de espacios sindicales y una expansión desordenada de formación docente que no siempre garantizó calidad. El daño es acumulativo y se expresa en aprendizajes débiles, desigualdad y pérdida de oportunidades.
La salida requiere un enfoque de sistema: formación y acompañamiento docente, infraestructura digna, conectividad, tutoría, participación de familias y comunidades, y gestión pública competente. No se trata de “uniformizar”; se trata de habilitar recursos y estándares para que cada escuela pueda cumplir su misión con calidad.
Invertir en educación no es un gasto social: es seguridad democrática. Un país con baja comprensión lectora y poca formación ciudadana es más vulnerable a la manipulación, la informalidad y la crisis permanente. Por eso la educación debe ser prioridad real, medible y sostenida.
3 prioridades inmediatas
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Programa integral de fortalecimiento docente.
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Infraestructura y conectividad como base de equidad.
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Gestión y presupuesto con metas verificables.
